Como ha abordado Malasia la globalización
Dr. Mahathir Mohamad,
Primer Ministro de Malasia
“Malasia no sólo ha experimentado en carne propia la globalización del capital sino que casi fuimos destruidos por ella. Por fortuna logramos diseñar mecanismos propios para defendernos y poder reconstruir nuestra economía. Estamos conscientes de que quizás este éxito no perdure pero aún así no vamos a permitir que nos vengan a vender ideas, ideologías o eslóganes sin que primero las analicemos para ver si nos convienen. Si tenemos la más mínima sospecha que existe una agenda oculta detrás de ellos entonces nos batiremos a capa y espada para defender a nuestro país y en aras del bienestar de nuestro pueblo.”
La forma en que los malasios hemos abordado en general la globalización y en particular la crisis financiera se ha basado en el principio básico de que aquella debe avanzar tanto como, por lo mínimo, nosotros mismos lo decidamos, de acuerdo con nuestras circunstancias y prioridades. Quizás no siempre sea posible, pero es crucial asegurarse que los beneficios serán para todos, tanto para los inversionistas extranjeros como para los malasios.
De la misma manera, la decisión de seguir un enfoque gradual se justifica plenamente a la luz de los excesos y problemas inherentes a todo nuevo principio, proceso o idea nueva, como la globalización. Siempre hemos de ser tan pragmáticos y flexibles como se pueda, en lugar de perseguir ciegamente la globalización. Ésta no puede ser vista como un fin en sí misma, sino como un medio para alcanzar una meta, la cual consiste en mejorar la calidad de vida de nuestra gente y en seguir siendo independientes de toda dominación extranjera.
Así como la libertad absoluta conduce a la anarquía de la misma manera la “globalización absoluta” conduce al caos, como bien lo demuestra la crisis financiera de Asia. Debemos evitar convertirnos en víctimas de la “tiranía del libre mercado”, donde el poder no reside ya en el tambor de un arma sino en una chequera. No estamos de acuerdo con quienes pregonan que el mercado es infalible al disciplinar a quienes no siguen sus reglas, porque los mercados jamás han sido perfectos y porque, además, éstos tienden a reaccionar de manera exagerada con mucha frecuencia, sin mencionar que pueden ser manipulados.
A los países industrializados les tomó más de cien años alcanzar el nivel de desarrollo que hoy exhiben, antes de que comenzaran a propugnar que se adoptaran la globalización y el liberalismo. No es justo pues esperar que los países en desarrollo procedamos a liberar nuestras economías y a desmontar las barreras que nos protegen en el mismo instante que lo hagan las naciones desarrolladas.
La crisis financiera de Asia ha puesto de relieve los peligros y problemas que entraña la globalización para los países en vías de desarrollo, en particular para pequeñas economías abiertas como la de Malasia.
Al principio todos se negaban a aceptar que era necesario hacer algo respecto a los problemas que generan los desestabilizadores flujos de capital que con frecuencia acompañan las actividades de especuladores cambiarios, fondos de cobertura y de inversionistas a corto plazo. Hoy en día se acepta a regañadientes que debemos prestarle atención a esta tema. La crisis también ha alentado los llamados a reformar la arquitectura financiera internacional.
El llamado guardián del sistema financiero internacional, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha sido muy criticado por la manera errada como manejó la crisis. También han surgido interrogantes sobre cómo la Organización Mundial del Comercio (OMC) pudiera haber contribuido a la inestabilidad mundial al “promover” que los países en vías de desarrollo abrieran sus economías demasiado rápido.
Luego de dos años de atravesar por dolorosos procesos de ajuste estructural y de estallidos sociales, de ver caer los ingresos y de perder la dignidad y pasar vergüenza, las economías asiáticas afectadas por la crisis, a saber Indonesia, Tailandia, Corea del Sur y Malasia, se han recuperado. Algunas de ellas incluso están creciendo a tasas superiores a las que tenían antes de la crisis.
A pesar de un escepticismo inicial ahora se acepta, aunque no sin cierta reticencia, que la postura que adoptó Malasia de rechazar las sugerencias y los préstamos del FMI y de asumir el control de su mercado cambiario a la vez que regulaba los flujos de capital a corto plazo constituyó una alternativa viable para el manejo de la crisis.
Al principio, la comunidad internacional condenó a Malasia cuando introdujo controles parciales de cambio y de las transacciones de capital el 1ero de septiembre de 1998. En aquel entonces se dijo que:
a) Malasia le estaba dando la espalda al sistema de libre mercado
b) Los controles al capital significaban un retroceso y conducirían a todo tipo de ineficiencias
c) Los controles equivalían a querer cerrar la jaula después de que el pájaro ya se ha escapado
d) Malasia había recurrido a los controles a fin de evitar hacer reformas estructurales a su economía y su sistema financiero
e) El gobierno de Malasia tenía miedo de ser derrocado como le pasó al gobierno de Indonesia
f) Malasia se oponía al FMI sin contar con ninguna razón válida para hacerlo
Pues bien lo cierto es que al principio de la crisis nosotros de hecho tomamos medidas muy parecidas a las recomendadas por el FMI. Se nos dijo que si aplicábamos una política monetaria y fiscal restrictiva, como indicaba el FMI, entonces recuperaríamos la estabilidad y los mercados volverían a confiar en nosotros.
Pero lamentablemente estas medidas no sólo no contribuyeron a restaurar la confianza sino que de hecho condujeron a que se agravara la crisis, ya que al reducir el gasto público se acentuó la caída de la demanda interna mientras que las tasas de interés más altas y la restricción del crédito causaron estragos a empresas y bancos.
Cuando vimos que el sesgo restrictivo de la política fiscal y monetaria estaba más bien contribuyendo a empeorar la recesión en los países que siguieron los programas recomendados por el FMI y en la misma Malasia decidimos entonces buscar otras alternativas para recuperar la estabilidad y garantizar que se recuperara la economía.
Hoy en día son bien conocidas las razones por las que la receta del FMI falló en Asia. El meollo del principal error que cometió el FMI fue, por supuesto, que se equivocó en el diagnóstico de los problemas de Asia y procedió entonces a aplicar los mismos remedios que prescribiera anteriormente para América Latina.
Debido a su historia y a su campo de experticia el FMI tiende a concentrarse en el análisis de variables macroeconómicas y por ello pasó por alto detalles cruciales en los países en crisis. Por esta razón se recomendaron políticas que no eran idóneas para resolver los problemas que se estaban presentando.
Desde el principio el FMI percibió la crisis como un problema menor y pasajero y desdeñó la información que estaba disponible sobre el tamaño descomunal de las operaciones de los fondos de cobertura, su indudable poder y su codicia sin límite. En consecuencia, el FMI se equivocó por amplio margen en cuanto a la duración y la magnitud del proceso de depreciación cambiaria.
La crisis también se agravó porque lo que más le preocupaba al FMI era que la banca comercial recuperara el dinero que imprudentemente había prestado a los países involucrados. Los programas diseñados por el FMI tampoco tomaron en cuenta las condiciones particulares de cada uno de los países en crisis, como por ejemplo, cuál era la magnitud de la deuda externa tanto de los gobiernos como del sector privado de cada país.
Por ello, cuando el FMI recomendó elevar las tasas de interés lo que hizo fue hacer más difícil para empresas y gobiernos endeudados que pudieran pagar sus deudas o seguir siendo viables. De la misma manera, el FMI subestimó el impacto que sus recomendaciones tendrían en el sistema financiero. El cierre obligado de bancos condujo a que se perdiera la confianza en los que quedaban abiertos y a que se derrumbara el sistema de intermediación financiera.
Por otra parte, sus políticas que arbitrariamente eliminaron monopolios y subsidios en el sistema económico que existía condujeron a que se desarticulara el sistema de distribución y a un incremento de los costos. Como resultado la inflación se disparó por encima de los niveles que cabría esperar a raíz de una devaluación de la moneda.
Otro error que cometió el FMI fue no entender los estrechos vínculos que existían entre el mercado cambiario y el mercado accionario, los cuales ejercieron un efecto recíproco al impulsar la caída del valor de la moneda por un lado y el de los títulos valores por el otro.
La caída en el valor de las acciones convirtió en deudores a empresas e inversionistas que anteriormente gozaban de buena salud financiera. La cartera de créditos inmovilizados comenzó a incrementarse y los bancos que habían sobrevivido comenzaron a caer.
La capitalización del mercado accionario se desplomó a un porcentaje mínimo de su valor inicial, originando pérdidas reales en la medida en que los inversionistas no pudieron cubrir sus posiciones descubiertas que habían financiado con préstamos bancarios, con lo cual aumentaron aún más los créditos no vigentes. Además, el FMI redujo de seis a tres meses solamente el tiempo para declarar un crédito como no vigente. Esta medida tuvo un efecto devastador en empresas y bancos.
Cabe recordar que las tasas de cambio fijas no son incompatibles con un sistema de libre mercado. El Acuerdo de Bretón Woods para reactivar el comercio internacional se basó de hecho en una tasa de cambio fija.
Por ello, cuando Malasia decidió atar el valor del Ringgit de Malasia al del Dólar estadounidense no estaba de ninguna manera renunciando al libre mercado. Siempre nos hemos guiado por el libre mercado y siempre continuaremos creyendo en él. No puede ser de otra manera puesto que somos una nación comercial. De hecho ocupamos el lugar diecisiete en términos de comercio exterior entre todas las naciones del mundo.
Lejos de ser incompatible con un sistema de libre mercado, esta tasa de cambio fija nos permitió facilitar el comercio exterior y contribuyó a que se recuperará la economía y se alcanzara un rápido crecimiento. Lo único que hizo el control de cambio fue impedir que los especuladores cambiarios tuvieran acceso a la moneda. Estos operadores por cierto no son necesarios ni para el comercio exterior ni para la economía.
Una vez que tuvimos una tasa de cambio fija fue posible tomar una serie de medidas para reactivar la economía sin miedo a que los especuladores pudieran devaluar nuestra moneda de manera deliberada.
Algunos analistas han sugerido que no era necesario que Malasia impusiera un control de cambio. Ellos han señalado que las monedas de los países de la región ya se habían comenzado a recuperar en el último trimestre de 1998, sugiriendo que lo que hizo Malasia fue cerrar la jaula después de que el pájaro se había ido volando.
¡Qué fácil es decir eso ahora!, pero en aquel momento todos, incluyendo a los más notables expertos económicos, predecían que las economías de Asia seguirían sumidas en la recesión. Se decía que aún no habíamos tocado fondo.
Más bien lo que puede haber conducido a que se recuperaran las economías de Asia fue el miedo que tenían los especuladores cambiarios a que muchos de los países de Asia hubieran seguido el ejemplo de Malasia e impusieran un control de cambio. De haberlo hecho estos especuladores cambiarios habrían perdido una enorme cantidad de dinero. Así que ellos decidieron reducir sus actividades especulativas.
Otro factor que puede haber contribuido a que estos especuladores disminuyeran sus actividades fue que más o menos por esa época el Fondo Long-Term Capital Management (LTCM) perdió su apuesta en contra del Rublo ruso y amenazaba por tanto con desestabilizar totalmente al sistema financiero de los Estados Unidos. De repente, el juego de la especulación cambiaria se había tornado peligroso para los países ricos y se le puso fin.
En el caso de Malasia, la inestabilidad de la tasa de cambio del Ringgit se vio exacerbada por la salida de nuestra moneda hacia mercados offshore. La situación de Malasia era muy particular porque en vista de que el país tenía un régimen de cambio muy liberal con el tiempo se había conformado un mercado offshore para el ringgit de dimensiones apreciables.
Por esta razón aún cuando en Malasia se había restringido el uso de préstamos en ringgit para financiar operaciones del mercado cambiario era posible obtener fondos en esta moneda a través de bancos en Singapur, donde prevalecían tasas de hasta 20 ó 30 por ciento. A pesar de que resultaba más oneroso pedir préstamos en ringgits en el extranjero, los préstamos eran por corto tiempo para realizar operaciones de “venta en corto” y se podían obtener pingues ganancias.
Malasia no podía contrarrestar esta práctica aumentando las tasas de interés porque entonces esta medida perjudicaría a las empresas en el país. Por ello, para detener esta hemorragia nos vimos en la necesidad de detener la salida de ringgits hacia el exterior. Si este dinero no regresaba al país en un plazo de un mes entonces no se permitiría su ingreso más nunca. En términos prácticos esto significaba que después de un mes esa moneda dejaría de ser de curso legal. Así, aquellos que tenían esta moneda en el exterior se vieron obligados a traerla al país.
Esta medida contuvo la salida de moneda hacia Singapur y privó a los operadores cambiarios del acceso a ringgits para especular con la tasa de cambio. Una vez que las bóvedas bancarias estuvieron repletas con el dinero repatriado fue posible bajar las tasas de interés, con lo cual se redujo el costo de hacer negocios en el país. Malasia tuvo además la fortuna de alcanzar un fuerte superávit comercial en medio de este tiempo turbulento, por lo cual dispuso de suficientes divisas extranjeras para cancelar sus importaciones.
Por otra parte, se implementaron controles sobre los capitales de corto plazo consistentes en una moratoria de un año a la repatriación de los fondos provenientes de inversiones a corto plazo. Sin embargo, se permitió repatriar los dividendos y los fondos provenientes de la venta de activos correspondientes a inversiones extranjeras directas.
Como resultado de estos controles sobre los capitales especulativos de corto plazo el mercado accionario se recuperó rápidamente. Al finalizar el período de moratoria, el índice bursátil había crecido en casi 200% y una vez que se levantó la moratoria, un año después, no ocurrió una salida masiva de capital, como muchos habían predicho. De hecho el índice bursátil se mantuvo alto.
En Malasia estábamos conscientes de que imponer un control cambiario era una medida que implicaba ciertos riesgos. Para empezar sabíamos que íbamos a nadar contra la corriente de la ortodoxia económica y que nos enfrentaríamos a una reacción muy hostil de parte de la comunidad financiera internacional, desde el FMI y el Banco Mundial hasta el país más poderoso del planeta.
Ciertamente podíamos contar con que íbamos a causarles una gran frustración a los ricos inversionistas que invertían grandes cantidades de dinero en los fondos de cobertura y que obtenían rendimientos de hasta 30% sobre esas inversiones. Si ellos hubieran podido hacer algo de seguro que se habrían asegurado que el control de cambios de Malasia hubiera fracasado.
Cuando Malasia acudió al exterior para financiar proyectos nacionales nos quisieron cobrar tasas tan altas que tuvimos que prescindir de dichos préstamos. También se tomaron otras medidas para impedir que la economía de Malasia se recuperará, como divulgar noticias que indicaban que Malasia era un país peligroso para el turismo.
Sí, en Malasia sabíamos que enfrentaríamos riesgos; pero si nos sometíamos podríamos caer en un destino mucho peor. Habríamos perdido nuestra independencia y nuestro honor. Por otra parte, si teníamos éxito seguiríamos siendo independientes, aún cuando nuestra economía quedara maltrecha. Sin embargo, necesitábamos asegurarnos que tendríamos una oportunidad razonable de tener éxito.
A pesar de quienes afirman que Malasia había derrochado recursos y se había expandido demasiado en los llamados mega-proyectos la realidad es que Malasia gozaba y goza de buena salud financiera.
Ni el gobierno ni el sector privado tenían grandes deudas en el exterior. La demanda de divisas para cancelar acreencias externas era mínima. Por el contrario, una de las grandes fortalezas con las que cuenta Malasia es su alta tasa de ahorro interno, que alcanza a casi un 40% del PIB. Contábamos pues con suficientes recursos financieros domésticos para abordar nuestra recuperación.
Cuando las agencias calificadoras de riesgo nos bajaron la calificación de nuestra deuda no nos afectó. Tenemos grandes cantidades de ringgits y en aquel tiempo contábamos con reservas internacionales suficientes para pagar tres meses de importaciones (hoy en día nos alcanza para seis meses). En fin, teníamos confianza en que si nuestros controles fracasaban no nos veríamos forzados a pedir, por lo menos no por un largo tiempo.
Luego resultó que las primeras señales de recuperación surgieron casi de inmediato después de que se implementaron los controles.
El sistema bancario se encontraba repleto de liquidez, gracias al dinero repatriado, y las bajas tasas de interés ayudaron a oxigenar a las empresas en problemas. La bolsa de valores se recuperó. Tuvimos un aumento del superávit comercial externo, con lo cual se incrementaron las reservas internacionales. Con una tasa de cambio fija se hizo innecesario realizar operaciones de cobertura de riesgo cambiario, con lo cual se redujo el costo de hacer negocios y aumentaron las ganancias.
El PIB, que había caído en 7% en 1998, creció en 5,6% en 1999. El consumo interno aumentó, creando una sensación generalizada de bienestar. Por otra parte, la inflación se mantuvo en niveles manejables.
En Malasia no existía un problema de desempleo y más bien siempre había sido necesario importar mano de obra. La caída de la economía afectó principalmente a los trabajadores extranjeros, ya que los pocos malasios que perdieron su empleo pronto encontraron nuevos empleos. Al recuperarse la economía también mejoraron los salarios.
Sin embargo, a raíz de la recesión económica muchas empresas y particulares tuvieron que afrontar dificultades financieras. La cartera de créditos en problemas se disparó de 3% a más de 17% del total.
El gobierno procedió entonces a crear una empresa tenedora de activos, que adquirió a descuento todos los créditos grandes que presentaban problemas. Esto permitió a empresas en serias dificultades poder acceder al crédito bancario otra vez y a los bancos poder reanudar su actividad de intermediación financiera.
En el caso de empresas con problemas financieros de menor envergadura se les ayudó a reestructurar sus deudas a través del Comité Reestructurador de Deudas Corporativas (CDRC en inglés). A su vez el gobierno creó un fondo de capital para refinanciar a los bancos.
Todos estos fondos ayudaron a que las empresas en dificultades pudieran recuperarse, obtuvieran ganancias de nuevo y contribuyeran a las arcas gubernamentales al cancelar impuestos empresariales.
Si comparamos, el objetivo principal del FMI consistió en abrir a rajatabla los mercados de los países en problemas a fin de que empresas extranjeras pudieran entrar cómodamente a adquirir las empresas nacionales.
Las incursiones de estos predadores extranjeros se abarataron, toda vez que la salida de los capitales golondrinos de las bolsas locales precipitó el desplome de los precios de las acciones a niveles muy bajos. Algunos países opusieron resistencia pero otros han visto como sus mejores empresas y bancos pasaron a manos extranjeras, incluso empresas de servicios públicos que no hacía mucho habían privatizado. El FMI alentó las privatizaciones porque los nacionales no podían participar y los extranjeros podían entonces obtener la crema y nata de lo que estaba disponible.
Como Malasia no está bajo el control del Fondo Monetario podemos arreglárnoslas para mantener a raya a los predadores extranjeros. Pero ahora los ataques vienen de otra dirección. La globalización y la tecnología de información están haciendo que las empresas del país dejen de ser competitivas y entonces cuando sucumban pasarán a manos extranjeras. Por eso ahora estamos buscando una manera de contrarrestar estos nuevos ataques.
La maquinaria propagandista de Occidente es muy buena para hacer sentir culpables a todos los que no aceptan las nuevas ideas e ideologías creadas por los ricos para sacarle aún más ventaja a los pobres. Conceptos como la democracia, el libre mercado, un mundo sin fronteras, el liberalismo, los derechos de los trabajadores, el trabajo infantil, etc. han sido inventados en los países ricos y luego han sido impuestos a los pobres. Todas ellos suenan muy bien pero de alguna manera u otra una vez que son aceptados por los pobres terminan por colocarlos a merced de los ricos.
Tomemos el caso del libre mercado por ejemplo. Malasia está de acuerdo con el libre mercado, pero ahora nos dicen que los estados son superfluos ya que el mercado se encargará de ahora en delante de qué tipo y cuán profundo será el crecimiento económico de un país. Parece que ahora es el mercado quien se va a encargar de disciplinar a los gobiernos, convirtiéndolos en más responsables y transparentes y en menos corruptos.
Sin embargo, la razón de ser de los mercados consiste en que los inversionistas puedan ganar dinero y maximizar sus ganancias no en satisfacer las necesidades de un país o en hacerse cargo del bienestar de la sociedad. Los pueblos no eligen a empresarios para que se encarguen de velar por su bienestar. Si alguien los elige se trata en todo caso de accionistas y a ellos lo único que les interesa son las tasas de retorno o las ganancias de capital para ellos mismos.
Por lo tanto, pensar que los mercados se encargarán de disciplinar a los gobiernos por el bien de la sociedad o de un país es poco menos que ridículo. Corresponde a los gobiernos, en especial a los gobiernos democráticos, cumplirle a sus ciudadanos en sus tareas de promover el bienestar y el desarrollo del país.
Pero aún así existen hoy día quienes hablan del mercado como si se tratara de una religión a la que todos debemos convertirnos. Si uno osa cuestionar su papel en determinar el desarrollo económico del mundo entonces uno se convierte en un hereje. Todos, ricos o pobres, debemos profesar la fe del libre mercado.
Sin embargo, el libre mercado no es sino un nuevo nombre para el capitalismo, para un capitalismo sin control. La cantidad de capital que se maneja hoy en día es verdaderamente increíble.
Se dice que las transacciones en divisas, que es de lo que se trata el capital después de todo, son casi veinte veces el valor de todo el comercio exterior del mundo. Una cantidad de dinero tan colosal no puede sino causar fuertes distorsiones a las economías donde ingresa.
Cuando se le emplea para comprar y vender monedas se puede afectar a economías completas, enriqueciendo a quienes trafican con el dinero pero empobreciendo a naciones enteras. Estas naciones estallan en medio de disturbios, la violencia o la guerra, sufren derrocamientos de sus gobiernos y caen en la anarquía, allí donde antes imperaban el orden y el derecho. Pero aún así hay quienes defienden el libre mercado o el capitalismo sin control.
Ya es tiempo que nosotros, y en especial los pobres, nos demos cuenta de que nos están engañando con palabras dulces y falsas promesas que proclaman nuevos eslóganes, nuevos sistemas y nuevas ideologías.
Estamos conscientes de que no podemos volver al pasado, de que no podemos regresar a los tiempos de las economías planificadas centralmente de los regímenes socialistas y comunistas. ¿Pero acaso debemos seguir el camino que nos señalan los ricos y poderosos? ¿Acaso no puede el mercado seguir siendo libre sin que necesariamente sean los ricos y poderosos los que lo controlen? Es más, ¿cómo puede hablarse de libre mercado y decirse que es “libre” cuando los ricos lo dominan?.
Malasia no sólo ha experimentado en carne propia la globalización del capital sino que casi fuimos destruidos por ella. Por fortuna logramos diseñar mecanismos propios para defendernos y poder reconstruir nuestra economía. Estamos conscientes de que quizás este éxito no perdure pero aún así no vamos a permitir que nos vengan a vender ideas, ideologías o eslóganes sin que primero las analicemos para ver si nos convienen. Si tenemos la más mínima sospecha que existe una agenda oculta detrás de ellos entonces nos batiremos a capa y espada para defender a nuestro país y en aras del bienestar de nuestro pueblo.
Tomado del libro “Globalisation and the New Realities, Selected Speeches of Dr. Mahathir Mohamad, Prime Minister of Malaysia”. Pelanduk Publications, Kuala Lumpur, 2002.