Ignoren la retórica, por Dr. Mahathir

 

Ignoren la retórica, el legado de Mahathir es una democracia musulmana

El gobernante de Malasia ha tenido éxito en alcanzar un difícil equilibrio

 

Peter Van Onselen y Wayme Errington

Sydney Morning Herald

 

28 de Octubre de 2003

 

Mahathir Mohamad se jubila como de Primer Ministro de Malasia. Se jubila no para salir huyendo en desgracia, ni para mudarse a Arabia Saudita para escapar a la justicia internacional, ni lo hace para evitar un escándalo por corrupción ni forzado por protestas callejeras, ni tampoco sale para enfrentarse a un pelotón de fusilamiento.

 

Dentro de lo que son los cambios de gobernantes en las naciones en desarrollo esta entrega del mando a Abdullah Ahmad Badawi no puede ser mejor. Mahathir no le está pidiendo a su sucesor que le garantice inmunidad ante un enjuiciamiento, tampoco se dedicará a librar una guerra de guerrilla contra las fuerzas de liberación ni su partida ha generado una incertidumbre tal sobre el futuro de Malasia que haya sacudido los mercados financieros.

 

Sin embargo, por desgracia, podemos estar seguros de que seguiremos  oyendo sus opiniones sobre temas internacionales, tales como sus comentarios sobre los muchos supuestos errores de Australia y sus gobernantes. No obstante, a pesar de sus fuertes comentarios debemos prestarle atención a sus palabras.

 

A pesar de no ser este el mejor momento para decirlo, Mahathir ha sido el mayor líder de país en desarrollo alguno desde la época de la independencia que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Cierto, no tiene muchos contrincantes para ese calificativo si revisamos la larga lista de dictadores genocidas que ha asolado al Tercer Mundo desde entonces.  Lo cual es una razón más para detenerse y reflexionar lo bueno, junto con lo malo, de Mahathir.

 

Malasia se encuentra hoy en día camino de convertirse en una democracia próspera y multicultural. Esta combinación de estos tres elementos es inédita dentro del mundo musulmán en particular. En el resto del Sudeste asiático lo que uno encuentra es pobreza, guerras civiles y dictadores. Malasia representa un notable logro en términos de desarrollo económico y social alcanzado en paz en medio de una región muy inestable.

 

A pesar de la crisis financiera de Asia, durante la cual Mahathir alienó a la opinión pública al rechazar la asesoría del FMI, la economía de Malasia se encuentra en una buena situación. Esta ha sido una transformación notable.

 

Con su estilo de “divide e impera” los gobernantes coloniales británicos dejaron tras de sí un nocivo legado de división racial en Malasia. La población mayoritariamente malaya se ocupaba de manejar la burocracia y los chinos controlaban el comercio y la minería mientras que inmigrantes de la India aportaban la mano de obra para las plantaciones. Los primeros años desde la independencia estuvieron signados por la tensión racial, la cual estalló con los disturbios que siguieron a las elecciones nacionales de 1969.

 

Al contrario del punto de vista que tienen las sociedades occidentales, Mahathir ha hecho un gran esfuerzo por superar esta división al abordar de frente las diferencias entre grupos étnicos. Su libro “El Dilema Malayo” publicado en 1969 fustigó a sus paisanos malayos por sus malos hábitos de trabajo comparados con los de los diligentes miembros de la minoritaria comunidad china.

 

Ya como Primer Ministro él continuó criticando a sus con-nacionales musulmanes al tiempo que les tendía una mano amiga a través de programas preferenciales de acceso a educación y empleo.

 

Esta estrategia de desarrollo resuena más de una vez en las palabras del discurso de Mahathir este mes ante la Conferencia Islámica, que tantos han criticado pero tan pocos se han tomado la molestia de leer.

 

Allí, entre la lamentable retórica antisemita se puede escuchar un fuerte llamado a modernizar el Islam, una civilización pacífica que respeta la búsqueda de conocimiento, el comercio y la tecnología. El camino a la modernización, según sus palabras, puede ser mucho más exitoso para garantizar la seguridad del mundo musulmán que el camino de la violencia.

 

Por supuesto que no debiéramos esperar ningún milagro de esta arenga que hace Mahathir a sus colegas gobernantes musulmanes, teniendo en cuenta que él aún no está satisfecho con la diligencia que hoy exhiben sus compatriotas luego de 30 años aguijándolos. Pero Mahathir ha sido el arquetipo de un líder musulmán moderado, enfrentado a las fuerzas de la globalización promovida por Occidente por un lado y a los radicales de las cavernas que aspiran a convertirse en el próximo de Bin Laden por el otro.

 

Cualquier líder político tiene que enfrentar una enorme dificultad para poder mantener un equilibrio entre estos dos extremos. Las diatribas contra Occidente y los judíos buscan promover un sentimiento nacionalista en una nación de gran diversidad étnica. Los malasios se enorgullecen de contar en su suelo con las torres más altas del mundo y se deleitaron al ser anfitriones de los Juegos de la Commonwealth. En la mente de los votantes el nacionalismo de Mahathir sirve para compensar otras de sus políticas menos populares, como sus críticas a la política teocrática o el resentimiento de los ciudadanos de origen chino por las preferencias basadas en la raza.

 

El camino hacia la modernización del Islam constituye una búsqueda de equilibrio que las naciones occidentales deberían apoyar. La única alternativa disponible sería seguir apoyando regímenes pro-occidentales que carecen de apoyo popular. Pero esta es una solución de corto plazo. Tarde o temprano a todo dictador le llega su hora y lo que sigue normalmente es más inestabilidad no menos.

 

Esta es una lección que deberíamos haber aprendido después de la caída del régimen de Suharto  en Indonesia o al constatar que la mayoría de los terroristas del 11 de septiembre provino de dos naciones aliadas de Occidente: Arabia Saudita y Egipto. Son los gobiernos de musulmanes moderados y no la beligerancia occidental los que habrán de ganar la guerra contra el terrorismo.

 

La espinosa relación que ha tenido que soportar cada Primer Ministro australiano con Mahathir no deja de ser curiosa si la comparamos con la amistosa relación que nuestros gobernantes disfrutaron a lo largo de 30 años con Suharto. Él fue responsable por la muerte de por lo menos un millón de indonesios y dejó tras de sí un legado de militarismo, división social y una economía en ruinas. Y aún así nos preguntamos porque la Presidenta Megawati Soekarnoputri le hace desaires a cada rato a Australia; si quien fuera una vez nuestro amigo derrocó a su padre mediante un golpe de estado. Tal es la moral de las relaciones internacionales, que por un lado nuestros gobernantes le arrojaban piedras a Mahathir y por el otro brindaban con Suharto.

 

Sin tomar en cuenta el terrible trato dispensado a Anwar Ibrahim, no se puede negar que el trato que ha dado el gobierno de Malasia a la oposición es de hecho respetuoso si lo comparamos con el de sus vecinos, donde la tortura, el exilio y la represión y la guerra civil han sido la norma. Los partidos de oposición han ganado de hecho las elecciones en algunos estados, lo cual no es algo muy agradable que se diga. El PAS o partido islámico no ha podido poner en práctica una versión brutal de la sharia (ley islámica) en los estados que controla, Kelantan y Teregganu, gracias a las restricciones que le impone la constitución federal.

 

Sí, critiquen sus expresiones racistas pero recuerden que la Malasia que ha construido Mahathir es el único modelo exitoso de una sociedad musulmana moderna que existe en el mundo.

 

Tomado del Sydney Morning Herald

28 de octubre de 2003.

  

Traducido por la Embajada de Malasia en Caracas.